El día que abracé mi sombra

El día que abracé mi sombra

Un cuento corto sobre mi relación con mi sombra monstruosa.

Un día sentí su presencia. Desde mis omóplatos, creciendo por encima de mi cabeza, casi al doble de mi altura – mi sombra. Sentí cómo abría unas alas enormes y oscuras. Vi la proyección de su tamaño en el suelo, la sombra de mi sombra. Daba miedo. Era enorme. Apenas la sentí, quise hacerla desaparecer. No quería tenerla conmigo. ¿Por qué había aparecido? ¿Por qué no podía deshacerme de ella? ¿Estaba destinada a siempre cargar con su peso?

Intenté de todo. Salir corriendo muy pero muy rápido para ver si podía dejarla atrás. Empujarla con mis manos para despegarla de mí. Cortar con un cuchillo el punto exacto donde mi cuerpo y su materia eran uno. Intenté con brujería, chamanes y brujas expertos que aun así no pudieron separarnos. La insulté, le pegué, le grité. Al parecer, nada la espantaba.

Cargué con ella muchos años. Año a año parecía crecer, o al menos, hacerse más fuerte, más sólida. Más permanente. No le importaba causarme tristeza, no le importaban mis lágrimas desesperadas, no le importaba afectarme la vida. Ella sólo existía. Ahuyentaba a personas de mi vida con sus caras espeluznantes. Me iba quedando más sola.

Un día me dije: “con sombra monstruosa o sin sombra monstruosa, tengo que seguir viviendo”. Así que decidí avanzar, paso a paso, despacio y a mi ritmo, pero avanzar. No buscaba más deshacerme de ella, sino coexistir con ella. No le pareció mal el trato. Seguro estaba agradecida que dejara de violentarla, o por ahí ni siquiera se daba cuenta de mis intentos. Así la llevé conmigo, a cococho, por la vida. Viajamos juntas, conocimos personas nuevas, experimentamos cosas distintas. E hice algo que no había hecho hasta el momento. Hablé de ella.

Cada vez que tenía la oportunidad, les contaba a otros que llevaba una sombra de mochila. Servía para cargar nada más que angustias. Relataba cómo se veía, cómo se sentía, llevarla conmigo. Me di cuenta que no era la única. También me percaté de que al hablar sobre ella, otros se animaban a presentarme a las suyas. La de sombras que había en este mundo y yo ni sabía. Grandes, pequeñas, glotonas, poderosas, avaras, sarcásticas, oscuras, claritas… las había de todo tipo, color y tamaño. Y nadie nunca me las había nombrado. Al menos, no hasta que yo nombré a la mía.

La vida se alivianó al no sentirme tan sola. Y siguió, varios años más, viajando juntas. Ya casi que nos convertimos en amigas. Y fue ahí, cuando la miré con cariño por primera vez, que todo cambió. Su presencia se sintió más liviana y me permitió animarme a expresar ese cariño. Me dije, será esto una locura, pero quiero abrazarla. Giré mi cuerpo todo lo que pude, abrí mis brazos y la abracé. La abracé con gratitud por haberme acompañado todos esos años. La abracé con reconocimiento y aceptación. La abracé con amor genuinamente incondicional.

Toda su corporalidad se ablandó, quedó blandita como una gelatina. Derretida dentro de mi abrazo. Así, con el latido de mi corazón haciéndola temblar, me habló por primera vez: “esto es todo lo que necesitaba”.

Ahí, cuando ya me había amigado con su presencia, desapareció.

Notes: Fotografía tomada por Martino Pietropo ~ tomada de Unsplash.