Responder al llamado

Responder al llamado

Del alma, de los guías y del Amor

El llamado de mi alma, de mi Ser superior, de mi Ser encarnado en esencia. El llamado de mis guías y maestres que asisten mi camino. El llamado hacia el Amor.

Por muchos años, no tuve oídos para oír ni ojos para ver. Mis creencias se limitaban a lo material, mental y racional. A lo que podía estudiarse académicamente. Pero esto no era genuino, no provenía de mí, sino del afuera. De los mandatos y condicionamientos heredados en mi familia, mi escuela, mi sociedad. Lo valioso eran los títulos universitarios (y sólo de las carreras duras), el trabajo de 9 a 5, el esfuerzo. Yo, obediente, cumplí con todos los pasos.

Pero llegó un momento en que se me hizo absolutamente evidente que todo lo que me iba sucediendo, abría la puerta para lo que venía después. Desde lo más grande, a lo más pequeño. Notaba que si me olvidaba apagar una luz en la casa, en esa misma habitación me estaba dejando olvidadas las llaves. Que si me confundía de calle al doblar, encontraba un nuevo lugar que me gustaba o veía un cartel con una frase que era exactamente lo que necesitaba en ese momento. Y que cada cosa “mala” que me había pasado, me había llevado a una versión mía más consciente o más responsable o más valiente. El famoso: “todo pasa por algo”. Ese fue mi primer acercamiento con los milagros.

Luego siguió la apertura a mi intuición. Desde muy pequeña, tenía la capacidad de percibir cuando una persona era “mala” (como decía de niña) o que conllevaba un peligro para mí. Ese don lo acallé, porque al expresarlo, el afuera me decía que estaba loca. Siempre se terminaba demostrando mi sentir, pero fueron años de convencerme a mí misma que me lo estaba imaginando.

En 2019, me encontraba trabajando en una organización sin fines de lucro. Me sentía rara, la energía era densa, estaba exhausta. Pero seguía. En 2020, llegó la prueba maestra a mi intuición. Sentí peligro. Lo sentía en cada célula de mi cuerpo. Algo grave estaba a punto de suceder. No entendía qué, ni a quién. Pero algo estaba pasando. Luego de tres días, me informan que me despiden y lo hacen de una forma grotesca y violenta. Mi mundo entero se derrumbó en unas horas. Perdí el trabajo, la casa, el sueldo, los proyectos, los amigos, el país en el que vivía y temí perder también mi futuro profesional, la reputación y a mi pareja. Y ahí aprendí, finalmente, a escuchar a mi intuición. Me prometí a mí misma que nunca más la desestimaría. Vamos cinco años siendo amigas.

Ese gran dolor fue la puerta a mi despertar. Me llevó a limpiar el polvo de mis sombras, enfrentarlas y avanzar. Me encontré a mí misma meditando, visualizando y aprendiendo todo tipo de magias que me parecían una locura antes. Y ahí, en ese sentarme en silencio y abrazar mis dones, comencé a escuchar.

Lo primero que escuché fue la voz de mis ancestras. Me sentí menos sola y más valiente, al fin de cuentas, tenía un aquelarre a mis espaldas. Luego siguieron las voces de mis guías, mensajes que llegaban en sueños o en visualizaciones que no tenía manera de fabricar por mí misma. Entidades que no tenían una forma o un nombre, eran tan sólo palabras. Me mostraban imágenes, también, de mí misma. Pero ellos/ellas no se mostraban.

Hasta que escuché el llamado de María Magdalena. Ella, con nombre, título, imagen y voz, llegó con todas sus fuerzas. Me abrió camino, a su vez, a conectar con Jesús. Si le dijeras a la Camila de 13 años que un día vería a Jesús, te puedo asegurar que no le haría ninguna gracia, que lo consideraría un disparate y probablemente debatiría la existencia de Dios. Pero acá estamos.

Hoy me siento guiada, camino paso a paso confiando en que soy meramente un canal de la divinidad. Tengo certeza en que el Amor es lo que nos une como humanidad y adonde necesitamos retornar. Intento cada día caminar y accionar en amor, desde el amor y para el amor.

Al servicio,
Camila Belén

Nota: Fotografía tomada por David Edelstein - Unsplash